martes, 21 de junio de 2011

Opinión de una trabajadora social: "El sistema de protección de menores es profundamente injusto"

« Tener ideas propias sobre alimentación, sueño, vestido, aseo o cualquier otra circunstancia relativa a la crianza y educación de los niños no es motivo para realizar una retirada de tutela, aun cuando sean desconcertantes o poco usuales para los profesionales; siempre y cuando no sean causantes de un problema de salud física o mental real, no basado en prejuicios.»

Me llamo María Suárez, Trabajadora Social. Actualmente me encuentro en casa, ocupándome de la crianza de mi hijo de tres años desde su nacimiento. Escribo esta carta como profesional y madre.

Estoy profundamente preocupada por la situación de Habiba, y su bebé de 15 meses, actualmente separadas por una retirada de tutela desde el IMMF, la situación es tremendamente angustiosa e injusta para ambas.

Como madre, y como profesional me planteo: ¿qué ha fallado aquí? Desconozco el informe de propuesta de retirada de tutela, desconozco el trabajo social previo que se haya tratado de realizar en esta familia. Pero conozco un poco las instituciones. Y sinceramente, me asombra y no me extraña al mismo tiempo. Estamos asistiendo a un ejemplo más de la degradación de los sistemas de protección por intereses del mercado. Así tan fuerte como suena.

Si una madre y su hija se encuentran en un centro de acogida, podemos suponer que es porque carecen de recursos propios para vivir de forma independiente. Para eso están los sistemas de protección, para garantizar que ese riesgo social no acabe en desamparo. Y para ello supongo que estaría esta familia en un centro.

Estos centros suelen ser concertados, con organizaciones religiosas o no gubernamentales. Con sus propias características e ideologías, con sus limitaciones económicas y de personal, los recursos en lo social siempre son limitados. Además en estos centros la permanencia es solo por un tiempo. Durante la estancia allí se han de conseguir unos objetivos marcados en un programa de “integración” propuesto por un profesional, o varios, y consensuado con la familia. Supongo, como suele ser común, que estos objetivos pasan por mejorar sus condiciones de acceso al mercado de trabajo como vía de lograr una autonomía. Para ello se suele trabajar en restablecer redes sociales, formación, mejora del currículum, acceso a la legalidad en el caso de ser inmigrante, habilidades sociales, entre otras.

Allí la convivencia entre otras familias es estrecha y en ocasiones difícil, debido principalmente a dos motivos: uno, las diferencias culturales de cada cual que han de convivir codo con codo con otras realidades y formas de crianza; y el segundo motivo, porque generalmente, cuando llegas a un centro de acogida llevas una mochila personal muy cargada en lo emocional, y eso puede generar puntos de fricción y crisis tanto personales como interpersonales. También en estos centros funciona la ayuda mutua. Y también la dinámica perversa de grupos y alianzas.

Además estamos inmersos en esta sociedad. Y en este contexto de precariedad laboral y explotación llevar una la crianza respetuosa con los ritmos y necesidades de los niños sin contar con una red de apoyo, se vuelve un obstáculo cuando no es imposible para una madre sola, obstáculo al objetivo de procurarse sustento, techo y cobijo por sí misma. Podríamos pensar ingenuamente que esta madre y su hija tienen suerte, ya que el propio centro en el que están funcionaría de apoyo a esta crianza respetuosa, encontrando allí el soporte necesario para que puedan continuar con la mejor vinculación afectiva, al mismo tiempo que le facilita a la madre la incorporación social necesaria para crecer como ser autónomo. Repito: lo podríamos pensar ingenuamente. La realidad suele ser otra: se está priorizando el objetivo económico sobre el objetivo vincular y relacional haciéndolos injustamente incompatibles y olvidándose de las necesidades vitales de los menores. Por lo que, posiblemente facilitaría mucho las cosas, desde un punto de vista exclusivamente económico, si madre e hija no estuviesen muy apegadas y no fuera un problema para ambas separarse largas horas al día, con lo que el prejuicio y el desconocimiento del hecho de la lactancia entra en acción. Esta es la sociedad que, lamentablemente, estamos construyendo. Y podemos cambiar. Aunque seamos seres económicos, somos también seres sociales y somos humanos.

Cuando trabajaba en Servicios sociales, y teníamos que hacer un informe para la retirada de tutela de un menor era uno de los trabajos más duros a los que nos enfrentábamos. Supone resumir un trabajo previo con la familia, y concretar el porqué en este momento los padres no están protegiendo a sus hijos, por qué les están dañando, y de ese daño no se les puede evitar sin separarse. Recuerdo casos de personas con toxicomanías, con problemas de prostitución y abandono de los niños, de malos tratos físicos, abusos sexuales, y problemas psiquiátricos graves con negación a tratamiento. También otros casos en que padres sin patologías aparentes no ejercían las funciones básicas y abandonaron a sus hijos.

Dar el pecho a demanda no es motivo de retirada de tutela, independientemente de la frecuencia o edad del niño. Tener ideas propias sobre alimentación, sueño, vestido, aseo o cualquier otra circunstancia relativa a la crianza y educación de los niños no es motivo para realizar una retirada de tutela, aun cuando sean desconcertantes o poco usuales para los profesionales; siempre y cuando no sean causantes de un problema de salud física o mental real, no basado en prejuicios. Y aún así los padres tienen todo el derecho a pedir una segunda o tercera opinión ya que los profesionales pueden equivocarse. Todo aquello que socialmente puede causar algún daño en el niño y su entorno debido a pautas de crianza debe de trabajarse con la familia. No tiene sentido obligar o presionar. Es ilegal y poco ético. Pero, en la dinámica en la que se establece la relación profesional con los trabajadores sociales, esta capacidad de reacción de los padres está totalmente mermada.

La relación perversa del trabajo social en relación con las familias funciona así: por un lado, se establece una relación empática basada en conocer para entender y apoyar, para prestar ayuda y conseguir recursos sociales para mejorar las condiciones de la familia, este es el lado bueno; y por otro lado, se observa, con un plan premeditado, cómo está la relación familiar en cuanto a la relación con los menores para detectar posibles situaciones de riesgo o de desamparo, y este es el plan oculto. Es decir, por un lado se intenta ir de “amigo” de los padres, y por la otra cara de “detective”, sabiendo que si hay algo que indique problemas se va a actuar contundentemente. Este es el lugar en el que están actualmente los trabajadores sociales. En el que el sistema les ha colocado, y ellos han aceptado estar. Además de que el plan oculto no se explica a los padres, y cuando se pone en marcha aparecen en escena mecanismos que les son ocultados: reuniones de otros profesionales, comisiones, informes y valoraciones de las que no solo no participan, sino de las que no son siquiera informados.

No existe la posibilidad de rebatir los informes o aportar algo en su defensa, son juicios sin que ellos estén siquiera presentes. Luego serán informados, y serán citados y escuchados, cuando la medida ya ha sido ejecutada. ¿Alguien se puede imaginar una situación parecida, donde eres citado a declarar una vez que estás en prisión donde te han conducido tras un juicio en el que se te condenó sin estar tú presente?

Así es el actual sistema de protección de menores. La Comisión de Tutela es un órgano administrativo, son funcionarios quienes deciden.

Pero, aún así, estamos ante un caso equivocado. No se trata de un riesgo de la menor. Se trata del riesgo de ser mujer y madre en esta sociedad. A cualquiera nos puede pasar: mañana me veo, por circunstancias de la vida obligada a vivir en un centro de acogida con mi hijo. Y a partir de ese momento nuestros derechos pueden verse lesionados: derecho de mi hijo a alimentarse de mi pecho a demanda, a relacionarse y vincularse a través de mi cuerpo conmigo, derecho a permanecer a mi lado. Y mi propio derecho a decidir y a opinar sobre qué me parece lo propuesto para mí y mi hija, y a defender lo que quiero hacer con mi vida.

Es un caso equivocado porque algunos profesionales de lo social se consideran con poder. Les han atribuido funciones que no les son propias. El sistema es injusto. Pero como no lo pueden cambiar, ni siquiera intentan cambios en la propia institución para la que trabajan, entonces, optan por perpetuar la violencia contra la mujer y el niño. Hacen palanca en la parte más débil para sostener el sistema. Y el IMMF se justifica diciendo que si la lactancia es caótica y dañina para los niños, que si la mujer tenía problemas de convivencia, que si no se atenía al programa de integración dictado para ella, sin poder argumentar nada del trato a la menor más que opiniones sobre la crianza sin ningún fundamento y contrarias a toda evidencia científica. Basados en prejuicios de algunos profesionales y una relación tiránica de poder.

Y considero que el sistema de protección a los menores es profundamente injusto ya que los padres no pueden defenderse de los errores de los profesionales, perpetúa un sistema maltratador hacia los más débiles, y continúa con la lógica machista de que toda madre sola es, en principio, como una niña a la que hay que educar sobre aspectos de la crianza y educación, sospechando que pobreza y falta de capacidad son equivocadamente sinónimos. De ahí que los centros de menores estén llenos de personas que provienen de familias empobrecidas. Pobreza y desprotección frente al sistema van de la mano.

Y digo que se trata de un caso equivocado porque esta mujer tendrá muchos problemas, pero no es incapaz, no es débil, es una luchadora, y no está sola. Somos muchos los que empatizamos con ella, sin necesidad de conocerla en persona. Tiene a su lado profesionales comprometidos, fuera de protocolos y perfiles adecuados a márgenes estrechos, que tratan de apoyarla en esta locura, y la valoran por su entrega a la lucha de recuperar a su hija. Y gracias a Habiba muchos estamos viendo la luz entre tantas tinieblas, siendo conscientes de que no es un caso aislado, y hemos de hacer algo por cambiarlo.

Y cada vez somos más mujeres y hombres conscientes de que la crianza respetuosa es lo que nos asegurará el futuro de esta sociedad, no el modelo económico, no el modelo actual de servicios sociales.

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